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Nuestro deseo es ser una casa de adoración para el Señor. La Biblia dice: «Que las alabanzas a Dios estén en su boca, y una espada de doble filo en su mano» (Salmo 149:6). El deseo de Dios es que lo adoremos continuamente, y nosotros deseamos ser como los sacerdotes que, cuando quemaban incienso al Señor, le ofrecían un aroma agradable. Queremos que nuestra adoración sea ese aroma agradable para nuestro Dios y que traiga a otros a ese lugar, para que nosotros, como cuerpo, podamos adorar juntos en unidad y armonía al Padre.